26/09/2022
Secuencias cínicas.
06/09/2022
Metáfora de cómo me siento blablabla.
Dentro mi mente canta para no escuchar ni escucharse.
¿Qué particular manía es esa?
Dice mi manuscrito que el Yo es la metafísica que nos condena a la Tierra,
Intolerancia del Yo, cansancio del Otro.
No quiero ser esto, tengo disforia mental.
Tiemblo bajo un árbol hueco y centenario.
Tengo vendas en las rodillas ensangrentadas y busco un desierto para morir.
Quiero morir donde todavía quede un ápice de oxígeno,
Quiero morir imaginando el oasis que nunca tendré.
Quiero morir, quizá, a manos de un forajido que muerda mi piel;
Ese forajido me propondrá hacer un pacto y rajará la palma de mi mano.
O quizá lo obligaré yo.
Ese pacto será como un sello de muerte sin juramentos,
Nunca busco culpables, sólo necesito entendimiento.
07/08/2022
La persistencia del insomnio y cómo derrite el reloj.
Como individuos debemos de cumplir una serie de necesidades fisiológicas para lograr subsistir, o quizá más que subsistir diría "ser funcionales", por mucho que odie ese concepto. ¿Pero qué sucede cuando una o varias de esas necesidades flaquean y no se pueden llevar a cabo de una forma íntegra? Ocurre que algo se deforma, pues los cimientos no se sostienen y hay un derrumbe catastrófico dentro de uno mismo. En este caso hablaré de dormir: esa maravillosa experiencia de confort que se asemeja a estar muerto, que proporciona descanso, reparación y, además, si tienes una imaginación vívida como yo, unos sueños dignos de haber tragado alucinógenos (me pregunto qué pensaría Freud de ellos). ¡Dormir me gusta tanto y sin embargo a veces se me da tan mal!
01/08/2022
Una serpiente llamada Saphira.
Una estaca en el corazón yo tengo, firme y fuerte, bien anclada. Una estaca en el corazón me clavé con sublime minuciosidad, como si yo fuera la madre de todos y cada uno de los demonios del Inframundo, como si quisiera oscurecer la Tierra y corromper al ser humano (¿acaso no era ese mi propósito?). No hay verdugos ni individuos a los que culpar esta vez, pues yo misma atravesé el epicentro de mi corazón con un golpe sigiloso pero firme. El resultado fue preciso, la serpiente siseó y de mi boca emanaron estos vocablos (guionizados, por supuesto):
Estoy alimentándome de mí, yo soy mi propio veneno. Es tan delicioso que no quiero parar, pero sin embargo vomito sangre, me tambaleo, camino trémulamente y río con malicia alzando los brazos hacia un cielo de plástico. Me siento tan delirante que mis ojos se ponen en blanco y en la esclera se dibujan escrituras en sumerio. Llevo clavada una estaca y nadie se ríe, todos están como petrificados, sin embargo soy yo quien se muere de risa.
Al fin me retiro la estaca de madera afilada y ya podrida, me baño en mi sangre, araño las paredes, dejo la marca de mis uñas, maldigo con lenguajes tan ocultos como los secretos más oscuros de este universo, pienso que estoy maldita y me lo creo, me vuelvo a reír, fumo, vomito, me araño, juego con los demonios, castigo a los ángeles y después lloro.
13/07/2022
Recuerdos, fotografías y desintegración.
14/06/2022
Carta triste de diez minutos.
Querido no-diario, los recuerdos que me aquejan hoy los reproduzco en mi memoria con la esperanza de que cuando transcurran estos diez tontos minutos –los cuales tengo muertos– ni me acuerde de los mismos. Les dedico estos agónicos minutos y ni medio más, porque las agujas del reloj se oxidan, porque espero no acordarme de ellos después.
Es mentira, diez minutos no van a ser...
Llevo quince o veinte buscando las palabras idóneas que se asemejen a cómo me siento. Llevo tiempo pensando (si digo cuánto, volvería a contradecirme) qué fue lo que ocurrió. Esto comenzó siendo una carta de desamor hacia un amante del pasado sin nombre, pero la releí varias veces y decidí, como de costumbre, cambiar el rumbo (cosas del falso ego, supongo) porque, ¿es el tiempo el que trae el amor? ¿es acaso el amor una mentira del tiempo? o peor aún, ¿es la propia naturaleza la que miente? Lo tedioso del ciclo de la naturaleza es que tiene la manía de volver a repetirse, por eso esta no será la primera ni la última carta que alguien escriba con un poco de confusión.
Estoy confusa porque no quiero creerme lo que más obvio se presenta a mi mirada, lo que me dice todo el mundo, lo que mi subconsciente me obliga a aceptar retorciéndome el cuello hacia su lado más convincente y racional. No quiero creerme que para algunas personas –amantes y amigos– no fui ni tan siquiera el aleteo de un pájaro azul o el sonido que hace un árbol al caer en medio de un bosque solitario; porque entonces tendría que aceptar que yo, la chica de los ojos tristes y el alma fría, la chica que con un sello de muerte cerró la puerta al sentir jurando no abrirla hasta que los latidos de su corazón le permitieran lo contrario, se equivocó al confiar en su propio pulso.
No me entristecen los conceptos de: "amor imposible o platónico", "amistad pasajera", me entristece no haber tenido la oportunidad de entregar mi alma –desde hace tanto tiempo escondida– a un verdadero merecedor de mis sentimientos, a una persona cuya elección entre todos los cisnes del estanque hubiera sido yo. Ya no sé si ocurrirá alguna vez. O supongo que es demasiado tarde para querer que ocurra, pues entregar el alma es un acto suave como el peligro, un propio atentado suicida, una muerte inminente.Si sólo ante ciertas presencias logré derretir el hielo que cubría mi sentir, estoy segura de que se podrá volver a congelar. Pero muy a mi pesar creo que se ha roto, formando cristales que dejan dañado para siempre el órgano más vital... y el más frágil al parecer.
14/04/2022
El ser racional pasó de moda.
¿Alguna vez estuvo a la moda?
En la infancia una de las leyes más imprescindibles de nuestras certezas es la de que todos los humanos abarcan una bondad innata dentro de sí, puesto que nuestra moralidad está en un proceso inocente de formación. Nuestras cuestiones son nimias entonces. Reímos porque todo el mundo parece bueno y lloramos cuando nos sentimos dañados, sin embargo no cuestionamos mucho el por qué un ser nos produce tal aflicción.
Conforme avanzamos en edad se nos agrieta esa burbuja moral, se nos agujerea la pecera donde nadábamos pacíficamente, y entonces nos invaden cientos de cuestiones. ¿Realmente mis amigos son mis amigos? ¿por qué son mis amigos? ¿qué me aportan? ¿por qué han cometido tal o cual acto? ¿por qué he dejado pasar por alto ciertas cosas? ¿por qué mi familia a veces es una condena más que un alivio?
Tal es así, que no sabemos con quiénes estamos conviviendo. Y es que en la infancia y parte de la adolescencia se nos hace inimaginable pensar que la vida de nuestros predecesores ya corría antes de nuestro nacimiento.
Al final te das cuenta que todo era un baile de máscaras bajo un escenario muy bien decorado. Rostros monstruosos, agrietados y ensangrentados se encuentran bajo esa máscara tan elegante que los oculta. Esto ni siquiera tiene por qué ser así en muchos casos, pero década tras década, siglo tras siglo hemos crecido rodeados de embustes populares. Desde que existe Santa Claus, pasando por que todas las personas son nobles, hasta acabar en que la vida que nos vamos a labrar será excelente y maravillosa. No nos preparan para la realidad y luego pretenden que salgamos con un manto de sobreprotección a un bosque lleno de lobos hambrientos.
¿Es esto la verdadera racionalidad o sólo una farsa?