15/03/2026

La consecuencia de tener un espacio libre es que surgen monólogos.

Últimamente diviso en mi armario una veta de madera que parece más oscura de lo normal. El mueble es de un marrón claro convencional y contiene vetas de un color más oscuro, las cuales forman pareidolias de figuras que dan un poco de miedo, pues parecen fantasmas llameantes de fuegos fatuos. Para saber a lo que me refiero deberíais venir a verlo, pero como no os voy a invitar nunca, imaginadlo como queráis. El caso es que cuando deambulo por mi habitación escuchando música –acción que considero catártica, pues me ayuda a articular los pensamientos–, inevitablemente mi mirada se desvía hacia esa mancha que está justo al lado del tirador (¿se ha oscurecido de forma súbita, haciéndose más notoria, o es que siempre ha estado ahí, esperando que me fijara en ella?). Me perturba... quiero saberlo, quiero preguntarle a ella misma, ¡pero lamentablemente los objetos, los colores y las formas carecen de habla! ¿y sentirán? Este pensamiento es muy propio de la cosmovisión animista. Supongo que nunca hay que dar nada por sentado. Basta con recordar Toy Story para plantearse la vida secreta de lo inerte (aunque yo solamente he visto la primera película y no recuerdo qué tipo de relación había entre humanos y juguetes, o si éstos últimos sólo se relacionaban entre sí. Claro que, con el pavor que me causan los muñecos, si alguna vez observara que alguno tiene vida propia, posiblemente moriría del mismo terror). A lo que iba con el tema de mi armario es que es curioso cómo un simple cambio puede alterar nuestra arquitectura mental. Quizá las cosas permanecen siempre inamovibles y nosotros, progresivamente, nos vamos dando cuenta de cómo realmente son porque pasamos por alto miles de detalles ínfimos, insignificantes... (este paréntesis significa un suspiro)... ojalá esa sea la explicación más plausible, porque detesto el cambio y no me gusta ver cambios en ningún lado, por eso me quiero incinerar. Aunque una vez muertos dará lo mismo el estado de nuestro cadáver –pues ni siquiera será ya nuestra prisión–, pero me niego a ceder mi cuerpo a la descomposición pútrida. No, no, no y punto. Además quiero ser polvo, ese mismo polvo que nunca debieron de haber echado los padres de ninguno de nosotros. Sin embargo, si no estuviéramos aquí, ¿quién me estaría leyendo ahora mismo? ¿acaso yo estaría escribiendo? ¿acaso existirían siquiera las palabras que intentan darle sentido a todo? ¿acaso lo escrito, aun añadiéndole todas las letras del universo, significa algo? Demasiadas preguntas para mí, que soy nihilista (shhh, no quiero berrinches, que os conozco). El nihilismo –pero el de verdad, el pasivo, el destructor– es una postura un poco paradójica: el ser desea la no-existencia mientras existe, y a veces incluso está agradecido de la existencia de ciertas cosas. La verdad es que no me preocupa ser abiertamente nihilista e hipócritamente contradictoria; al fin y al cabo todo es una gran farsa, ¿no? Pues eso, como farsantes debemos atribuirnos los conceptos que creemos que nos definen, sin importar si a ojos ajenos son "mejores" o "peores". De todas formas, ¿quién tiene derecho a redactar una sola queja? ¡si el mundo es una enorme contradicción! Antaño, por ejemplo, era lícito decapitar delincuentes frente al vulgo o aplicar electroshocks a los enfermos mentales, pero hoy en día esos métodos resultarían atroces. Me pregunto qué pensarían los psicólogos y psiquiatras de los años 50 si vieran que la deriva actual de su disciplina es un batiburrillo de publicaciones coloridas en Instagram con frases tan estúpidas como: "aprende a tener amor propio" o "cinco señales de que tienes apego ansioso". La psicología/psiquiatría ha sido domesticada en exceso, pasando de un extremo a otro: antes se recurría a procedimientos bárbaros para intentar "curar a los enfermos" (lo que viene siendo un: como no tengo ni la más remota idea de cómo «arreglar» tu mente, te voy a sumergir en baños de agua helada), actualmente sigue puesta en manos de psicópatas –más blandengues– que te sueltan una charla insulsa y un par de pastillas. Yo una vez estuve en el psicólogo y fue una experiencia irrisoria, además de una pérdida de tiempo y dinero. Ahora cada vez que alguien me dice: "ve a terapia", respondo altivamente: "mi sesera no tiene arreglo y punto". Ay, en fin... lo que quería decir con todo esto es que la ética de lo "bueno" y lo "malo" es totalmente relativa en base al individuo y su circunstancia política-generacional. Si no te dejas aplastar por la moral, surge el disfrute de la creación ajena y la propia. Eso de que "todo está inventado" es un gran mito; lo que existen son los medios, los materiales adecuados y las oportunidades. Por ejemplo, si tuviera todo eso en mi mano podría inventar un libro gigantesco que ocupe kilómetros y kilómetros, en el que se documente toda la historia literaria desde el comienzo hasta hoy mismo. Pero no os imaginéis algo metafórico, hablo de un libro de verdad, con sus hojas y sus palabras impresas. Aparentemente no es una mala creación, pero como las personas son demasiado puntillosas seguro que protestarían por el desperdicio de papel, por la gran ocupación de hectáreas o por la inutilidad infructuosa de construir un libro gigante cuando ya existen libros adaptados al formato estantería... ¡uf! Me mareo de sólo pensar en las quejas, pero de momento creo que no existe tal creación. Si me equivoco necesito que alguien me lo comunique para poder visitar tremenda obra de arte. "¿Pero es que consideras eso arte, María?" se cuestionarán algunos; pues el arte es tan relativo como la moral, ya ves tú, si hoy en día se considera arte el grabar vídeos de Tiktok, entonces todo es posible. Hagamos, pues, posible lo imposible y declaremos que este monólogo infinito es arte. Ya he puesto la palabra "arte" muchas veces. A algunos lectores les molesta ver una misma palabra escrita en repetidas ocasiones, ya que la escasez de sinónimos empobrece y entorpece la narrativa. También estoy de acuerdo con eso, pero como soy la dueña y señora –repito– de este infinito monólogo, hago lo que quiero, lo que me da la gana con mis letras; como decía Unamuno en Niebla, hablando con su propio personaje: «tengo el derecho de hacer de ti lo que me dé la real gana, sí, así como suena, lo que me dé la real gana, lo que me salga de...». Así que, por ahora, aquí dejo las palabras. Adiós (no me estoy despidiendo de la escritura, sino de este borrador, aunque realmente no es un borrador porque tengo previsto publicarlo. Si lo estáis leyendo es porque he cumplido con esta última palabra)

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