15/03/2026

La consecuencia de tener un espacio libre es que surgen monólogos.

Últimamente diviso en mi armario una veta de madera que parece más oscura de lo normal. El mueble es de un marrón claro convencional y contiene vetas de un color más oscuro, las cuales forman pareidolias de figuras que dan un poco de miedo, pues parecen fantasmas llameantes de fuegos fatuos. Para saber a lo que me refiero deberíais venir a verlo, pero como no os voy a invitar nunca, imaginadlo como queráis. El caso es que cuando deambulo por mi habitación escuchando música –acción que considero catártica, pues me ayuda a articular los pensamientos–, inevitablemente mi mirada se desvía hacia esa mancha que está justo al lado del tirador (¿se ha oscurecido de forma súbita, haciéndose más notoria, o es que siempre ha estado ahí, esperando que me fijara en ella?). Me perturba... quiero saberlo, quiero preguntarle a ella misma, ¡pero lamentablemente los objetos, los colores y las formas carecen de habla! ¿y sentirán? Este pensamiento es muy propio de la cosmovisión animista. Supongo que nunca hay que dar nada por sentado. Basta con recordar Toy Story para plantearse la vida secreta de lo inerte (aunque yo solamente he visto la primera película y no recuerdo qué tipo de relación había entre humanos y juguetes, o si éstos últimos sólo se relacionaban entre sí. Claro que, con el pavor que me causan los muñecos, si alguna vez observara que alguno tiene vida propia, posiblemente moriría del mismo terror). A lo que iba con el tema de mi armario es que es curioso cómo un simple cambio puede alterar nuestra arquitectura mental. Quizá las cosas permanecen siempre inamovibles y nosotros, progresivamente, nos vamos dando cuenta de cómo realmente son porque pasamos por alto miles de detalles ínfimos, insignificantes... (este paréntesis significa un suspiro)... ojalá esa sea la explicación más plausible, porque detesto el cambio y no me gusta ver cambios en ningún lado, por eso me quiero incinerar. Aunque una vez muertos dará lo mismo el estado de nuestro cadáver –pues ni siquiera será ya nuestra prisión–, pero me niego a ceder mi cuerpo a la descomposición pútrida. No, no, no y punto. Además quiero ser polvo, ese mismo polvo que nunca debieron de haber echado los padres de ninguno de nosotros. Sin embargo, si no estuviéramos aquí, ¿quién me estaría leyendo ahora mismo? ¿acaso yo estaría escribiendo? ¿acaso existirían siquiera las palabras que intentan darle sentido a todo? ¿acaso lo escrito, aun añadiéndole todas las letras del universo, significa algo? Demasiadas preguntas para mí, que soy nihilista (shhh, no quiero berrinches, que os conozco). El nihilismo –pero el de verdad, el pasivo, el destructor– es una postura un poco paradójica: el ser desea la no-existencia mientras existe, y a veces incluso está agradecido de la existencia de ciertas cosas. La verdad es que no me preocupa ser abiertamente nihilista e hipócritamente contradictoria; al fin y al cabo todo es una gran farsa, ¿no? Pues eso, como farsantes debemos atribuirnos los conceptos que creemos que nos definen, sin importar si a ojos ajenos son "mejores" o "peores". De todas formas, ¿quién tiene derecho a redactar una sola queja? ¡si el mundo es una enorme contradicción! Antaño, por ejemplo, era lícito decapitar delincuentes frente al vulgo o aplicar electroshocks a los enfermos mentales, pero hoy en día esos métodos resultarían atroces. Me pregunto qué pensarían los psicólogos y psiquiatras de los años 50 si vieran que la deriva actual de su disciplina es un batiburrillo de publicaciones coloridas en Instagram con frases tan estúpidas como: "aprende a tener amor propio" o "cinco señales de que tienes apego ansioso". La psicología/psiquiatría ha sido domesticada en exceso, pasando de un extremo a otro: antes se recurría a procedimientos bárbaros para intentar "curar a los enfermos" (lo que viene siendo un: como no tengo ni la más remota idea de cómo «arreglar» tu mente, te voy a sumergir en baños de agua helada), actualmente sigue puesta en manos de psicópatas –más blandengues– que te sueltan una charla insulsa y un par de pastillas. Yo una vez estuve en el psicólogo y fue una experiencia irrisoria, además de una pérdida de tiempo y dinero. Ahora cada vez que alguien me dice: "ve a terapia", respondo altivamente: "mi sesera no tiene arreglo y punto". Ay, en fin... lo que quería decir con todo esto es que la ética de lo "bueno" y lo "malo" es totalmente relativa en base al individuo y su circunstancia política-generacional. Si no te dejas aplastar por la moral, surge el disfrute de la creación ajena y la propia. Eso de que "todo está inventado" es un gran mito; lo que existen son los medios, los materiales adecuados y las oportunidades. Por ejemplo, si tuviera todo eso en mi mano podría inventar un libro gigantesco que ocupe kilómetros y kilómetros, en el que se documente toda la historia literaria desde el comienzo hasta hoy mismo. Pero no os imaginéis algo metafórico, hablo de un libro de verdad, con sus hojas y sus palabras impresas. Aparentemente no es una mala creación, pero como las personas son demasiado puntillosas seguro que protestarían por el desperdicio de papel, por la gran ocupación de hectáreas o por la inutilidad infructuosa de construir un libro gigante cuando ya existen libros adaptados al formato estantería... ¡uf! Me mareo de sólo pensar en las quejas, pero de momento creo que no existe tal creación. Si me equivoco necesito que alguien me lo comunique para poder visitar tremenda obra de arte. "¿Pero es que consideras eso arte, María?" se cuestionarán algunos; pues el arte es tan relativo como la moral, ya ves tú, si hoy en día se considera arte el grabar vídeos de Tiktok, entonces todo es posible. Hagamos, pues, posible lo imposible y declaremos que este monólogo infinito es arte. Ya he puesto la palabra "arte" muchas veces. A algunos lectores les molesta ver una misma palabra escrita en repetidas ocasiones, ya que la escasez de sinónimos empobrece y entorpece la narrativa. También estoy de acuerdo con eso, pero como soy la dueña y señora –repito– de este infinito monólogo, hago lo que quiero, lo que me da la gana con mis letras; como decía Unamuno en Niebla, hablando con su propio personaje: «tengo el derecho de hacer de ti lo que me dé la real gana, sí, así como suena, lo que me dé la real gana, lo que me salga de...». Así que, por ahora, aquí dejo las palabras. Adiós (no me estoy despidiendo de la escritura, sino de este borrador, aunque realmente no es un borrador porque tengo previsto publicarlo. Si lo estáis leyendo es porque he cumplido con esta última palabra)

04/03/2026

El gato blanco.

Fuera de la comisaría había unos cuantos grupos de ruidosos manifestantes; dentro, el ambiente era digno de una reunión de comediantes, pues todos se desternillaban de risa frente al detective más eficiente del país: Frankie Fusilli. Incluso la secretaria, que entró para servir las tazas de café, no pudo evitar soltar una carcajada al escuchar la conversación:
 
–Os digo que fue el gato –insistió Fusilli–. Llevamos treinta meses sin una maldita pista: ni una sola huella dactilar, ni un mísero sospechoso... ¡nada de nada!
 
–Pero, hombre, no te aferres a una conjetura tan desquiciada –replicó uno de los compañeros–. Quizá es momento de aceptar que somos unos incompetentes sistemáticos y...
 
–¿Es que no podéis, ni por un segundo, considerar mi razonamiento? –Fusilli golpeó la mesa con aire de desesperación.
 
Esa misma tarde el equipo regresó al apartamento del difunto, en el que ahora se alojaba la mascota. Los investigadores se encontraron con una mansa criatura persa, de pelaje blanco algodonado y ojos color cielo.
  
–Y tú dices que ha sido esto... ¡esto! –carcajeó uno de los agentes.
 
"¿He sido yo?", pensó el gato.
 
Una vez que trasladaron al animal a la sala de interrogatorios, lo dejaron sentado sobre la silla de madera. Allí permaneció inmóvil, desprovisto del instinto de inspeccionar el terreno que tanto caracteriza a los felinos.
 
–¡Observadlo ahora! ¿Os parece que este monstruo esté aterrado? –señaló Fusilli–. ¡Está impasible, impasible!
 
–¡Es un gato, Fusilli, por Dios! –gritó el comisario–. Devuélvelo al apartamento, no vamos a detener a un animal sólo porque te hayas vuelto un neurótico.
 
–Sé que fuiste tú. No comprendo cómo ni por qué, pero tarde o temprano quedará demostrado –susurró Fusilli acercándose al gato para después salir de la habitación.
 
Tuvo lugar el interrogatorio con los correspondientes procedimientos. Fusilli deslizó sobre la mesa un par de fotografías del cadáver de la víctima. El gato contestó con un maullido que expresaba más naturalidad biológica que cualquier indicio de culpabilidad.
 
–Ahora comienzas a reaccionar, ¿eh? –arqueó las cejas.
 
En un arrebato de cólera que desobedecía cualquier protocolo, el detective agarró al animal por el cuello y comenzó a zarandearlo con violencia. El felino, en un acto de defensa propia, surcó con las uñas la calva de Fusilli, la cual lucía brillante bajo las luces fluorescentes. Un grito histérico movilizó al resto de los agentes. Encontraron al pobre hombre con el rostro empapado en sangre, hecho que propagó el virus del delirio colectivo: si aquel animal le había realizado tales heridas a un oficial, ¿qué grado de sadismo no habría empleado sobre la víctima?
 
La resolución era que el gato debía someterse a juicio inmediatamente, por lo que se le asignó un abogado de oficio, el más mindundi que aceptó tratar tal caso. Una vez en la corte, sentaron al gato en una silla con un cojín acomodado a su tamaño. El juez, un hombre de facciones pétreas, abrió la sesión golpeando el mazo. El abogado, cuyas gafas de metal se deslizaban constantemente por su nariz, alegó:
 
–Su señoría, mi cliente... quiero decir, la criatura... es un animal doméstico. No existe jurisprudencia alguna que permita imputar a un ser ajeno a todo razonamiento humano.
 
El fiscal mostró dos evidencias fotográficas: la primera, las heridas de la calva de Fusilli; la segunda, los cortes en el cuello de la víctima. Ambas incisiones, aunque diferían en profundidad, presentaban coincidencias en el tamaño y en la forma.
 
–¡Es un gato! –el abogado defensor rechinó los dientes y arrojó unos informes sobre la mesa–. Aquí, en la autopsia, se confirma que la víctima falleció con dos cortes en las carótidas, sí... ¡pero realizados con un arma blanca!
 
–¡Protesto! –exclamó Fusilli desde su asiento, con el vendaje de la cabeza empapado en sudor–. ¿Acaso posees los conocimientos suficientes para dictaminar si el animal puede o no puede agarrar un objeto cortopunzante? No, no y no... ¡porque no eres un detective!
 
–¡Tú eres uno de pacotilla! La prisa por resolver el caso te ha llevado a basar tu acusación en suposiciones erróneas que ni siquiera has logrado demostrar. ¡Vaya un imbécil...! –el abogado arrugó los informes y los arrojó, de mala gana, al suelo.
 
Mientras el juicio se tornaba cada vez más hostil e insensato, el gato saltó de la silla pasando desapercibido bajo los pies de aquellos hombres trajeados, alcanzó al juez y se acomodó sobre su regazo. Todos estallaron en gritos de terror y comenzaron a correr de un lado a otro como si estuvieran siendo perseguidos por una manada de lobos hambrientos. Esto fue la gota que colmó el vaso para sellar el veredicto: "Declarado culpable de homicidio doloso. Declarado culpable por atentar contra un oficial de la ley. Declarado culpable por desatar una psicosis colectiva. Cadena perpetua". 
 
Antes de que se firmara la sentencia, el animal se subió al estrado y se irguió sobre sus dos patas traseras. De súbito, todos los presentes se quedaron mudos y ojipláticos. El gato procedió así:
 
–Jim Langford, 37 años. Se alojaba en el tercer piso del edificio donde resido. Es un hombre cuya salud mental quedó desequilibrada tras el fallecimiento de su mascota, que tuvo la desgracia de ser idéntica a mí. Cada noche, en estado de embriaguez, se escuchaban sus lamentos por las calles: "¡oh, Hyacinth, mi Hyacinth... vuelve a casa!"
 
Fusilli intentó balbucear, pero el gato alzó su blanca pata para exigir silencio.
 
–La envidia lunática, señores, es un veneno corrosivo que emponzoña el cerebro. Jim no soportaba ver a mi dueño pasear conmigo (porque sí, mi señor era uno de esos hombres modernos que me sacaba a la calle como si fuera un estúpido caniche). Aquel pobre viudo doméstico se consumía preguntándose por qué el difunto –que en santidad descanse– gozaba del privilegio de mi compañía mientras que él se retorcía de pena por haber perdido la suya. Era una noche invernal de lluvia intensa, 95 mm por hora. Se escuchó la cerradura y el picaporte giró. Bueno, ustedes, que son policías, sabrán de sobra cómo es forzar una entrada, ¿no? Aunque viendo su desempeño actual, tengo mis dudas. El asesino llevaba guantes de nitrilo de color azul cobalto, una excelente elección para evitar dejar rastro, aunque si se hubieran molestado en inspeccionar el contenedor de basura, sabrían exactamente de lo que hablo. Con dichos guantes agarró un cuchillo de cocina de acero inoxidable, cuya hoja alcanzaba los 20 cm de longitud. Unos días antes mi señor lo había utilizado para cortar carne (ternera, para ser más preciso). Quién se iba a imaginar que aquel instrumento también serviría para realizar un corte transversal en cada una de sus carótidas mientras se encontraba en fase de sueño profundo, pues eran las cuatro de la madrugada y, como bien sabrán, los gatos somos famosos por ser noctámbulos y observadores. Ahora bien, el criminal está delante de sus narices, siempre lo ha estado en las listas de vecindad que ustedes archivaron por puro agotamiento administrativo. Mi dueño y señor era un santo comparado con la infecta podredumbre que ustedes permiten que camine libremente bajo el sol. Como especie dejan bastante que desear, pues resulta muy tedioso lidiar con la limitación cognitiva de los seres humanos... 
 
Sin esperar a las reacciones y respuestas, el gato descendió del estrado, caminó en dos patas hacia la salida de la corte, se fundió con la luz del mediodía y nunca jamás se le volvió a ver. Esa misma noche se organizó un despliegue de medios para localizar a Jim Langford, pues ya no vivía en aquel viejo edificio. Los registros clínicos de un hospital psiquiátrico confirmaron que el sospechoso había fallecido hacía más de un siglo, a la edad de 37 años. Sus últimos informes indicaban que era un hombre demente, sumido en delirios persecutorios al asegurar que Hyacinth, su gato, lo acechaba secretamente para acabar con su vida. Cuando Fusilli visitó su vieja tumba en el cementerio local, encontró el siguiente epitafio grabado en mármol: 
 
 
«NO SIGAS AL GATO BLANCO»
 
 

26/01/2026

La petite mort (o cómo hacer el Amor con la Muerte).

¡Vivir, vivir, expandir horizontes...! Imposición forzada a dejar a un lado el no-ser, razón por la cual cada neonato se convierte en llanto: se aflige su organismo ante el roce del oxígeno, padece su ánima la pérdida de la forma primigenia; vela La Parca al ser vivo que ha sido brutalmente arrancado de su seno y ahora yace descompuesto entre sábanas de marfil. 
 
Nací con las huesudas falanges de La Dama de la Guadaña incrustadas en el recto. Crecí sintiendo un desgarramiento que ninguna caricia tangible era capaz de mitigar. Me hallaba biológica y sentimentalmente insatisfecha, presa de una náusea hacia la carne propia y la ajena. Poseía un cuerpo ridículamente casto para algunos, inalcanzable para otros, pero desesperadamente reservado para Ella. Experimentaba pulsiones íntimamente crepitantes al asistir a funerales, no por presenciar un cadáver pútrido, sino por la emanación aromática, la energía mortuoria y la tensión de sentir su presencia en una proximidad inaccesible (¡dama suprema, coloniza este cuerpo que tanto te anhela!) 
 
¡Cuántas agitadas noches pasé entregada a la contemplación de iconografías que se asemejaban a su arquitectura craneal y a la oscuridad absoluta de su manto! ¡cuántos jadeos de deseo, impulsos de desgarrar mi piel, síndromes de abstinencia y sudores fríos padecí! Me sumergí progresivamente en enfermedades cada vez más prolongadas y férreas (¿acaso era esto lo que sufría el desdichado Werther debido a su Lotte?)
 
Mi cuerpo, deshidratado y cada vez más pálido, languidecía bajo los ojos de aquellos que presenciaban mi decaimiento, mi lecho de enferma... (malditos sean los tunantes que obstruyen el camino ¡permitidme ir con Ella!). La percibía ya tan cerca que inevitablemente mis manos descendieron al epicentro anatómico que me constituía, en el cual sumergí mis dedos como antaño hicieron los de Ella. Sensación de nacimiento, de renovación, de retorno al hogar. Gozo inyectado, piel erizada, orgásmico néctar profanando la sábana con la que deseaba ir a su encuentro. 
 
Tras los espasmos me invadió el liviano sueño. Me sentí transportada por una fuerza inmaterial hacia una completa oscuridad, donde un único y casi imperceptible rayo de luz se posaba sobre un lecho de hojas secas. Allí me tendió mi bienamada, aproximando su mandíbula a mis labios resecos (¡oh, al fin, al fin...!). Su dulcísimo hedor me devolvió la conciencia; mis ojos se posaron en sus cuencas vacuas, cuya negrura infinita me observaba con tenacidad. Dos gusanos brotaron de aquel vacío y se deslizaron con parsimonia sobre las pardas hojas. Mi dama empuñó su resplandeciente y afilada guadaña, y sutilmente fue desgarrando la tela de las vestimentas que me cubrían. Ahora ante Ella me hallaba postrada, desnuda, servil sin vileza. Tomó mi ser y lo recorrió con delicadeza, dilatando mis poros e impregnándolos con olor a muerto, presionando contra mi piel cada una de sus vértebras, metacarpos, costillas, clavículas...
 
Entonces susurró: «Santa María, madre de Dios, bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre...». Hundió sus falanges en mi cavidad abdominal, masturbando y presionando todos mis órganos hasta que se corrieron borboteando sangre, comprendiendo entonces el significado de la palabra catarsis.
«Ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra... Muerte», tales frases emergieron trémulamente de mi garganta. El frío de su acero colisionó, en una caricia, contra el hervidero de pasiones que era mi cuerpo. Estremecimiento gélido, belleza en las sensaciones. 
 
Poco a poco cortó y retiró mi envoltorio de carne hasta reducirme a una estructura ósea de inigualable blancura (¡la tan esperada liberación de la corrupción cárnica que me anclaba a la terrenalidad de los vivos!). Fue entonces cuando me otorgó el privilegio de tocarla: mis dedos, desnudos y blancos, recorrieron cada centímetro de su perfecta arquitectura. Me estremecí hasta el delirio al percibir cómo Ella se regocijaba exhalando jadeos bajo mi tacto. En ese momento encajó su rígida y amarillenta pelvis contra la mía. Fricción rítmica, contacto absoluto, éxtasis profundo. La sedosidad de su túnica cosquilleaba mi fémur, sus costillas presionaban mi caja torácica, sus manos apretaban los huesos de mis caderas, nuestras mandíbulas emitían grotescos gemidos. Ante tal escena, los gusanos se refugiaron recatadamente en su nuevo hogar: mi corazón. Una vez consumado el tan ansiado Amor y habiéndonos confesado como dos amantes desesperados cuánto nos habíamos extrañado, cubrió mi cuerpo con su manto y nunca jamás volví a sentir el frío ni la insatisfacción.

11/01/2026

Raskólnikov y Light Yagami como profetas de la ley.

¿Cómo imagináis que sería la fusión del nihilismo existencialista ruso del siglo XIX y la megalomanía postmoderna japonesa? ¿a dónde llevaría un encuentro entre el señor Rodión Románovich Raskólnikov, atormentado vástago dostoievskiano, y el señor Light Yagami, arquetipo mesiánico del anime? Yo creo que ambos personajes, separados por un siglo y medio de evolución cultural y psicológica, se despreciarían y matarían mutuamente pese a reconocerse como síntomas de una misma patología mental. Ambos tienen fijación en transgredir las normas morales convencionales, aspirando al homicidio como un método de restauración social; o en otras palabras: "no robarás, no matarás, no enturbiarás mi camino... pero si sucede, mereces ser exterminado para que el mundo se oxigene, y gracias al poder de mi Sacra Voluntad (que es toda la ley a la que me someto), tengo el DEBER de matarte". Así pues, resulta entretenido analizar cómo dos personajes, aun cuando parten de la misma premisa ideológica, manifiestan conductas y formas de proceder diametralmente opuestas:

Light, un muchacho cínico y metódico, desearía infartar a Raskólnikov no por su idea, sino por su nulidad para ejecutarla. Vería en éste un hombrecillo pusilánime y mediocre, echado a perder por su inútil sentimiento de culpa; mientras que Raskólnikov, enfrascado en sus infernales neurosis y con las manos ya manchadas de sangre vieja, consideraría a Light un excéntrico tirano carente de conciencia, un monstruo sin escrúpulos que bien merece el premio de un hachazo en el cráneo. En el caso del primer sujeto, el acto de quitar una vida carece de exploración metafísica y teológica. Para él es una acción puramente mecánica que tiene por objetivo eliminar los obstáculos que le impiden la realización de sus fines personales: dominar el mundo y el orden jurídico, destruyendo toda estructura autoritaria para así erigir una anónima autocracia. El segundo, en cambio, se mueve por la necesidad de un análisis filosófico que culmina con una iluminación cristiana: desea demostrarse a sí mismo que es un ser superior capaz de burlar las leyes. No obstante, el peso de su conciencia autodestructiva (muy común en la naturaleza humana) es más fuerte que su ambición napoleónica, por lo que termina sucumbiendo a la enfermedad y a la búsqueda de piedad. Su principal anhelo es encontrar un confesor que lo libere de dicha agonía y sea capaz de comprender por qué un crimen es más que suficiente para liberar al mundo, demostrando a través de él la excepcional voluntad de la acción individual. Así lo verbaliza en Crimen y Castigo: «por una vida, miles de vidas salvadas de la podredumbre y la descomposición. ¡Una muerte a cambio de cien vidas! Pero si es una cuestión de aritmética...».

Dicho esto, diluyamos nuestras mentes en un ejercicio de imaginación, puesto que a veces hay que sacrificar la realidad en nombre de la fantasía. Visualicemos ahora una soberana y supremacista unión entre Rodión Románovich Raskólnikov y Light Yagami:

El nombre de Kira ya resonaba en la fría y vasta Rusia. Nuestro buen amigo Rodia inmediatamente se sintió arropado por la mente que movía las intenciones de aquel pulcro y misterioso asesino japonés. Cómo consiguieron concertar un encuentro y un entendimiento lingüístico es algo totalmente desconocido, pero ¡es que hay que guardarse un poco de misterio en los bolsillos! El punto es que llegaron a acuerdos morales, intelectuales e incluso burocráticos para poner en marcha la detención de corazones agusanados. Mientras que Light utilizaba la Death Note, Raskólnikov empuñaba armas para destruir seseras ajenas de dudosa moralidad. Kira ya había erradicado no sólo a L y sus sucesores, sino a toda red de vigilancia que osara interponerse en sus planes. Raskólnikov, una vez liberado de las garras del tedioso Porfirio Petróvich –aquel inspector cuyo cuerpo se encontró misteriosamente infartado en la oficina de policía–, adoptó su teoría del Hombre de Categoría Extraordinaria, convirtiéndose en la extremidad ejecutora de Kira. El mundo tal y como lo conocíamos había pasado de ser un basurero de mugre humana a un correccional de buena moral. Sólo fueron necesarios unos cuantos meses y cuatro ojos quirúrgicos para que el planeta comenzara a despoblarse y las personas ya no desearan engendrar niños que correrían el riesgo de crecer con una moral desviada. Porque como advirtió Schopenhauer: «pudiera imaginarse un Estado perfecto que consiguiera impedir todo delito: políticamente, esto sería mucho, pero moralmente no se ganaría nada, puesto que sólo quedarían encadenados los actos y no la voluntad. Podrían ser correctas las acciones, pero la voluntad continuaría siendo perversa».

Mientras Kira bebía de la inagotable y nutritiva fuente de poder, a Raskólnikov le iba debilitando los leucocitos, ya que uno puede apartarse de su naturaleza, pero ésta siempre está en comunión con el ser. "¿Para qué seguir asesinando si ni siquiera he obtenido la libertad que ansiaba? ¿acaso no hemos comprobado ya que podemos hacerlo a gran escala...?" eran interrogantes que El Demonio Ruso (así era apodado globalmente) se repetía una y otra vez. No hicieron falta ni dos meses para que descubrieran sus mutuas diferencias de carácter, las cuales sacaban a desfilar numerosos malentendidos, amenazas mortales y confrontaciones hostiles. Bajo la dinámica amo-esclavo, Rodia pasó a sentirse tiranizado y traicionado por el falso Dios en el que había depositado sus más oscuros deseos y esperanzas. Acabó odiándolo con fervor, pero, ¿era capaz de elevar su hacha contra él? Kira, sin embargo, se encontraba en el frenesí de su estado maníaco. Apuntaba nombres en la Death Note con una audaz determinación, dictando órdenes aquí y allá al muchacho que, a su lado, comenzaba a sufrir severas crisis de disociación cognitiva. Raskólnikov ya ni siquiera podía distinguir el significado de otras palabras que no fueran: "matar, muerte, hacha, nombre, corazón, cuaderno, infarto...". 

Aquel día, como de costumbre, Light le entregó una lista de los recientes criminales que tocaba exterminar. La tarea era muy sencilla: averiguar sus nombres completos o abrir su cráneo de un hachazo. Nuestro buen Rodia ni siquiera reparó en aquella orden ya que, en su delirio, la figura de Ryuk que los acompañaba en la habitación era suplantada por la aparición espectral de Aliona Ivánovna, anciana víctima de su primer crimen, quien sonreía demoníacamente con la cabeza partida en dos. Un ataque de tos febril irrumpió el silencio ocupado por el repiqueteo del bolígrafo contra el papel. En un intento de mitigar la tos, Rodia extendió su mano temblorosa hacia la jarra de agua que estaba situada, junto con un par de manzanas y bolsas de patatas, en el escritorio de Light. Sentía sus manos tan entumecidas y temblorosas que, al elevar el frío cristal, sufrió un espasmo involuntario y el recipiente se derramó encima del cuaderno. El joven japonés, histriónico al ver endebles todas las páginas de su preciado tesoro asesino, intentó apartarse con un movimiento brusco de la silla. Fue entonces cuando la física hizo de las suyas: las ruedas de la silla resbalaron debido al charco formado por el incesante líquido que seguía extendiéndose hacia el suelo. El Dios del Nuevo Mundo se desplomó hacia atrás, moviendo bruscamente sus brazos en el aire cual insecto que cae boca arriba. En su caída, Light le gritaba improperios a Raskólnikov, que aprovechó para hacer trizas las páginas empapadas de aquel siniestro cuaderno. El paroxismo de la enajenación se manifestó invadiendo todos los sentidos de El Demonio Ruso, quien llevó las manos al compartimento interno de su chaqueta, extrajo el hacha que siempre llevaba consigo y, en una milésima de segundo, la cabeza de El Dios del Nuevo Mundo se hallaba enteramente separada de su cuerpo. A decir verdad, hubiera sido un perfecto seppuku. 

Light Yagami alias Kira, el endiosado arquitecto de la humanidad, el invencible genio calculador que había liquidado a toda la policía internacional, murió pataleando en el suelo, bañado con la mezcolanza de su propia sangre y el vómito que le proporcionaba Rodia a causa sus náuseas nerviosas. 
El silencio posterior fue roto por una cínica carcajada de Ryuk, que desapareció volando junto con su Death Note. Había sido un asesinato torpe, patético y carente de toda heroicidad. ¡Qué final para una deidad! 

El campo visual de Raskólnikov comenzó a fragmentarse en un caleidoscopio de luces y sombras cuyo movimiento era incesante. Ebrio de perturbación, perdió el conocimiento durante no se sabe cuánto tiempo, hasta que poco a poco fue recobrando parte de sus sentidos. Al abrir los ojos, junto al cadáver desfigurado emergió la figura flotante de Sonia Marmeládova, su Sonia, envuelta en una blanca luminosidad de alta intensidad. Con una expresión casi maternal, acarició la mejilla de Raskólnikov y le afirmó que todo había terminado, que debía despertar del ensueño y retornar a la realidad, al verdadero seno de Dios. Sonia se acercó al balcón, que se abrió de par en par. Raskólnikov observó por última vez el cuerpo de Light y pensó que ya no era ni un estudiante aparentemente normal, ni un imparable asesino apodado Kira; ahora yacía desprovisto de todo poder egoísta y reducido a una simple e inerte estructura antropomórfica. Luego volvió la mirada hacia Sonia, que flotando entre las nubes y la luz de la luna, le tendía la mano desde el vacío. Emprendió camino hacia el borde de la barandilla, dejó una pierna suspendida en el aire, y por un instante sintió que realmente levitaba en una aurora estelar hacia los brazos de la Amada. Anhelando besar la mano de Dios, El Demonio Ruso murió antes de rozar el suelo, con el corazón detenido por la angustia de que, al otro lado, no obtuviera el perdón que tanto ansiaba.

Y una vez muertos los perros... ¿se acabó la rabia? Evidentemente no, porque la rabia nunca muere, sólo trasciende como un sistemático lastre social, y por ello tuvieron muchos (¡muchísimos!) sucesores, imitadores, fanáticos desquiciados y un largo etcétera. La instauración del lema "lo-mejor-para-todos, lo-mejor-para-mí" resultó ser una regresión de la civilización hacia lo que siempre había sido: un lugar habitado por criaturas bestiales, sórdidas, crueles, déspotas, delirantes; bárbaros que realizan actos de agresión mutua para salvaguardar el legado ideológico de figuras cuya búsqueda de orden despertó el caos primordial.