¡Vivir, vivir, expandir horizontes...! Imposición forzada a dejar a un lado el no-ser, razón por la cual cada neonato se convierte en llanto: se aflige su organismo ante el roce del oxígeno, padece su ánima la pérdida de la forma primigenia; vela La Parca al ser vivo que ha sido brutalmente arrancado de su seno y ahora yace descompuesto entre sábanas de marfil.
Nací con las huesudas falanges de La Dama de la Guadaña incrustadas en el recto. Crecí sintiendo un desgarramiento que ninguna caricia tangible era capaz de mitigar. Me hallaba biológica y sentimentalmente insatisfecha, presa de una náusea hacia la carne propia y la ajena. Poseía un cuerpo ridículamente casto para algunos, inalcanzable para otros, pero desesperadamente reservado para Ella. Experimentaba pulsiones íntimamente crepitantes al asistir a funerales, no por presenciar un cadáver pútrido, sino por la emanación aromática, la energía mortuoria y la tensión de sentir su presencia en una proximidad inaccesible (¡dama suprema, coloniza este cuerpo que tanto te anhela!)
¡Cuántas agitadas noches pasé entregada a la contemplación de iconografías que se asemejaban a su arquitectura craneal y a la oscuridad absoluta de su manto! ¡cuántos jadeos de deseo, impulsos de desgarrar mi piel, síndromes de abstinencia y sudores fríos padecí! Me sumergí progresivamente en enfermedades cada vez más prolongadas y férreas (¿acaso era esto lo que sufría el desdichado Werther debido a su Lotte?)
Mi cuerpo, deshidratado y cada vez más pálido, languidecía bajo los ojos de aquellos que presenciaban mi decaimiento, mi lecho de enferma... (malditos sean los tunantes que obstruyen el camino ¡permitidme ir con Ella!). La percibía ya tan cerca que inevitablemente mis manos descendieron al epicentro anatómico que me constituía, en el cual sumergí mis dedos como antaño hicieron los de Ella. Sensación de nacimiento, de renovación, de retorno al hogar. Gozo inyectado, piel erizada, orgásmico néctar profanando la sábana con la que deseaba ir a su encuentro.
Tras los espasmos me invadió el liviano sueño. Me sentí transportada por una fuerza inmaterial hacia una completa oscuridad, donde un único y casi imperceptible rayo de luz se posaba sobre un lecho de hojas secas. Allí me tendió mi bienamada, aproximando su mandíbula a mis labios resecos (¡oh, al fin, al fin...!). Su dulcísimo hedor me devolvió la conciencia; mis ojos se posaron en sus cuencas vacuas, cuya negrura infinita me observaba con tenacidad. Dos gusanos brotaron de aquel vacío y se deslizaron con parsimonia sobre las pardas hojas. Mi dama empuñó su resplandeciente y afilada guadaña, y sutilmente fue desgarrando la tela de las vestimentas que me cubrían. Ahora ante Ella me hallaba postrada, desnuda, servil sin vileza. Tomó mi ser y lo recorrió con delicadeza, dilatando mis poros e impregnándolos con olor a muerto, presionando contra mi piel cada una de sus vértebras, metacarpos, costillas, clavículas...
Entonces susurró: «Santa María, madre de Dios, bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre...». Hundió sus falanges en mi cavidad abdominal, masturbando y presionando todos mis órganos hasta que se corrieron borboteando sangre, comprendiendo entonces el significado de la palabra catarsis.
«Ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra... Muerte», tales frases emergieron trémulamente de mi garganta. El frío de su acero colisionó, en una caricia, contra el hervidero de pasiones que era mi cuerpo. Estremecimiento gélido, belleza en las sensaciones.
Poco a poco cortó y retiró mi envoltorio de carne hasta reducirme a una estructura ósea de inigualable blancura (¡la tan esperada liberación de la corrupción cárnica que me anclaba a la terrenalidad de los vivos!). Fue entonces cuando me otorgó el privilegio de tocarla: mis dedos, desnudos y blancos, recorrieron cada centímetro de su perfecta arquitectura. Me estremecí hasta el delirio al percibir cómo Ella se regocijaba exhalando jadeos bajo mi tacto. En ese momento encajó su rígida y amarillenta pelvis contra la mía. Fricción rítmica, contacto absoluto, éxtasis profundo. La sedosidad de su túnica cosquilleaba mi fémur, sus costillas presionaban mi caja torácica, sus manos apretaban los huesos de mis caderas, nuestras mandíbulas emitían grotescos gemidos. Ante tal escena, los gusanos se refugiaron recatadamente en su nuevo hogar: mi corazón. Una vez consumado el tan ansiado Amor y habiéndonos confesado como dos amantes desesperados cuánto nos habíamos extrañado, cubrió mi cuerpo con su manto y nunca jamás volví a sentir el frío ni la insatisfacción.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Pulsa abajo para comentar palabras cargadas de veneno.