11/01/2026

Raskólnikov y Light Yagami como profetas de la ley.

¿Cómo imagináis que sería la fusión del nihilismo existencialista ruso del siglo XIX y la megalomanía postmoderna japonesa? ¿a dónde llevaría un encuentro entre el señor Rodión Románovich Raskólnikov, atormentado vástago dostoievskiano, y el señor Light Yagami, arquetipo mesiánico del anime? Yo creo que ambos personajes, separados por un siglo y medio de evolución cultural y psicológica, se despreciarían y matarían mutuamente pese a reconocerse como síntomas de una misma patología mental. Ambos tienen fijación en transgredir las normas morales convencionales, aspirando al homicidio como un método de restauración social; o en otras palabras: "no robarás, no matarás, no enturbiarás mi camino... pero si sucede, mereces ser exterminado para que el mundo se oxigene, y gracias al poder de mi Sacra Voluntad (que es toda la ley a la que me someto), tengo el DEBER de matarte". Así pues, resulta entretenido analizar cómo dos personajes, aun cuando parten de la misma premisa ideológica, manifiestan conductas y formas de proceder diametralmente opuestas:

Light, un muchacho cínico y metódico, desearía infartar a Raskólnikov no por su idea, sino por su nulidad para ejecutarla. Vería en éste un hombrecillo pusilánime y mediocre, echado a perder por su inútil sentimiento de culpa; mientras que Raskólnikov, enfrascado en sus infernales neurosis y con las manos ya manchadas de sangre vieja, consideraría a Light un excéntrico tirano carente de conciencia, un monstruo sin escrúpulos que bien merece el premio de un hachazo en el cráneo. En el caso del primer sujeto, el acto de quitar una vida carece de exploración metafísica y teológica. Para él es una acción puramente mecánica que tiene por objetivo eliminar los obstáculos que le impiden la realización de sus fines personales: dominar el mundo y el orden jurídico, destruyendo toda estructura autoritaria para así erigir una anónima autocracia. El segundo, en cambio, se mueve por la necesidad de un análisis filosófico que culmina con una iluminación cristiana: desea demostrarse a sí mismo que es un ser superior capaz de burlar las leyes. No obstante, el peso de su conciencia autodestructiva (muy común en la naturaleza humana) es más fuerte que su ambición napoleónica, por lo que termina sucumbiendo a la enfermedad y a la búsqueda de piedad. Su principal anhelo es encontrar un confesor que lo libere de dicha agonía y sea capaz de comprender por qué un crimen es más que suficiente para liberar al mundo, demostrando a través de él la excepcional voluntad de la acción individual. Así lo verbaliza en Crimen y Castigo: «por una vida, miles de vidas salvadas de la podredumbre y la descomposición. ¡Una muerte a cambio de cien vidas! Pero si es una cuestión de aritmética...».

Dicho esto, diluyamos nuestras mentes en un ejercicio de imaginación, puesto que a veces hay que sacrificar la realidad en nombre de la fantasía. Visualicemos ahora una soberana y supremacista unión entre Rodión Románovich Raskólnikov y Light Yagami:

El nombre de Kira ya resonaba en la fría y vasta Rusia. Nuestro buen amigo Rodia inmediatamente se sintió arropado por la mente que movía las intenciones de aquel pulcro y misterioso asesino japonés. Cómo consiguieron concertar un encuentro y un entendimiento lingüístico es algo totalmente desconocido, pero ¡es que hay que guardarse un poco de misterio en los bolsillos! El punto es que llegaron a acuerdos morales, intelectuales e incluso burocráticos para poner en marcha la detención de corazones agusanados. Mientras que Light utilizaba la Death Note, Raskólnikov empuñaba armas para destruir seseras ajenas de dudosa moralidad. Kira ya había erradicado no sólo a L y sus sucesores, sino a toda red de vigilancia que osara interponerse en sus planes. Raskólnikov, una vez liberado de las garras del tedioso Porfirio Petróvich –aquel inspector cuyo cuerpo se encontró misteriosamente infartado en la oficina de policía–, adoptó su teoría del Hombre de Categoría Extraordinaria, convirtiéndose en la extremidad ejecutora de Kira. El mundo tal y como lo conocíamos había pasado de ser un basurero de mugre humana a un correccional de buena moral. Sólo fueron necesarios unos cuantos meses y cuatro ojos quirúrgicos para que el planeta comenzara a despoblarse y las personas ya no desearan engendrar niños que correrían el riesgo de crecer con una moral desviada. Porque como advirtió Schopenhauer: «pudiera imaginarse un Estado perfecto que consiguiera impedir todo delito: políticamente, esto sería mucho, pero moralmente no se ganaría nada, puesto que sólo quedarían encadenados los actos y no la voluntad. Podrían ser correctas las acciones, pero la voluntad continuaría siendo perversa».

Mientras Kira bebía de la inagotable y nutritiva fuente de poder, a Raskólnikov le iba debilitando los leucocitos, ya que uno puede apartarse de su naturaleza, pero ésta siempre está en comunión con el ser. "¿Para qué seguir asesinando si ni siquiera he obtenido la libertad que ansiaba? ¿acaso no hemos comprobado ya que podemos hacerlo a gran escala...?" eran interrogantes que El Demonio Ruso (así era apodado globalmente) se repetía una y otra vez. No hicieron falta ni dos meses para que descubrieran sus mutuas diferencias de carácter, las cuales sacaban a desfilar numerosos malentendidos, amenazas mortales y confrontaciones hostiles. Bajo la dinámica amo-esclavo, Rodia pasó a sentirse tiranizado y traicionado por el falso Dios en el que había depositado sus más oscuros deseos y esperanzas. Acabó odiándolo con fervor, pero, ¿era capaz de elevar su hacha contra él? Kira, sin embargo, se encontraba en el frenesí de su estado maníaco. Apuntaba nombres en la Death Note con una audaz determinación, dictando órdenes aquí y allá al muchacho que, a su lado, comenzaba a sufrir severas crisis de disociación cognitiva. Raskólnikov ya ni siquiera podía distinguir el significado de otras palabras que no fueran: "matar, muerte, hacha, nombre, corazón, cuaderno, infarto...". 

Aquel día, como de costumbre, Light le entregó una lista de los recientes criminales que tocaba exterminar. La tarea era muy sencilla: averiguar sus nombres completos o abrir su cráneo de un hachazo. Nuestro buen Rodia ni siquiera reparó en aquella orden ya que, en su delirio, la figura de Ryuk que los acompañaba en la habitación era suplantada por la aparición espectral de Aliona Ivánovna, anciana víctima de su primer crimen, quien sonreía demoníacamente con la cabeza partida en dos. Un ataque de tos febril irrumpió el silencio ocupado por el repiqueteo del bolígrafo contra el papel. En un intento de mitigar la tos, Rodia extendió su mano temblorosa hacia la jarra de agua que estaba situada, junto con un par de manzanas y bolsas de patatas, en el escritorio de Light. Sentía sus manos tan entumecidas y temblorosas que, al elevar el frío cristal, sufrió un espasmo involuntario y el recipiente se derramó encima del cuaderno. El joven japonés, histriónico al ver endebles todas las páginas de su preciado tesoro asesino, intentó apartarse con un movimiento brusco de la silla. Fue entonces cuando la física hizo de las suyas: las ruedas de la silla resbalaron debido al charco formado por el incesante líquido que seguía extendiéndose hacia el suelo. El Dios del Nuevo Mundo se desplomó hacia atrás, moviendo bruscamente sus brazos en el aire cual insecto que cae boca arriba. En su caída, Light le gritaba improperios a Raskólnikov, que aprovechó para hacer trizas las páginas empapadas de aquel siniestro cuaderno. El paroxismo de la enajenación se manifestó invadiendo todos los sentidos de El Demonio Ruso, quien llevó las manos al compartimento interno de su chaqueta, extrajo el hacha que siempre llevaba consigo y, en una milésima de segundo, la cabeza de El Dios del Nuevo Mundo se hallaba enteramente separada de su cuerpo. A decir verdad, hubiera sido un perfecto seppuku. 

Light Yagami alias Kira, el endiosado arquitecto de la humanidad, el invencible genio calculador que había liquidado a toda la policía internacional, murió pataleando en el suelo, bañado con la mezcolanza de su propia sangre y el vómito que le proporcionaba Rodia a causa sus náuseas nerviosas. 
El silencio posterior fue roto por una cínica carcajada de Ryuk, que desapareció volando junto con su Death Note. Había sido un asesinato torpe, patético y carente de toda heroicidad. ¡Qué final para una deidad! 

El campo visual de Raskólnikov comenzó a fragmentarse en un caleidoscopio de luces y sombras cuyo movimiento era incesante. Ebrio de perturbación, perdió el conocimiento durante no se sabe cuánto tiempo, hasta que poco a poco fue recobrando parte de sus sentidos. Al abrir los ojos, junto al cadáver desfigurado emergió la figura flotante de Sonia Marmeládova, su Sonia, envuelta en una blanca luminosidad de alta intensidad. Con una expresión casi maternal, acarició la mejilla de Raskólnikov y le afirmó que todo había terminado, que debía despertar del ensueño y retornar a la realidad, al verdadero seno de Dios. Sonia se acercó al balcón, que se abrió de par en par. Raskólnikov observó por última vez el cuerpo de Light y pensó que ya no era ni un estudiante aparentemente normal, ni un imparable asesino apodado Kira; ahora yacía desprovisto de todo poder egoísta y reducido a una simple e inerte estructura antropomórfica. Luego volvió la mirada hacia Sonia, que flotando entre las nubes y la luz de la luna, le tendía la mano desde el vacío. Emprendió camino hacia el borde de la barandilla, dejó una pierna suspendida en el aire, y por un instante sintió que realmente levitaba en una aurora estelar hacia los brazos de la Amada. Anhelando besar la mano de Dios, El Demonio Ruso murió antes de rozar el suelo, con el corazón detenido por la angustia de que, al otro lado, no obtuviera el perdón que tanto ansiaba.

Y una vez muertos los perros... ¿se acabó la rabia? Evidentemente no, porque la rabia nunca muere, sólo trasciende como un sistemático lastre social, y por ello tuvieron muchos (¡muchísimos!) sucesores, imitadores, fanáticos desquiciados y un largo etcétera. La instauración del lema "lo-mejor-para-todos, lo-mejor-para-mí" resultó ser una regresión de la civilización hacia lo que siempre había sido: un lugar habitado por criaturas bestiales, sórdidas, crueles, déspotas, delirantes; bárbaros que realizan actos de agresión mutua para salvaguardar el legado ideológico de figuras cuya búsqueda de orden despertó el caos primordial.

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